Lo que más nos gustaba era sentarnos
hasta tarde a ver la televisión abrazados. Ya no nos queríamos, por lo menos no
como solíamos hacerlo antes de que la edad y la rutina se nos echaran encima,
dejándonos botados a media calle como un perro recién atropellado. Hacía ya una
eternidad (¿meses? ¿años?) que el trato cotidiano nos había arrebatado los
últimos resabios de disfrute en la conversación. Por eso es que elegíamos la televisiva
anestesia como un sucedáneo aceptable de la convivencia.
Y así duramos todavía una temporada
obscenamente larga. Nos resistimos con
verdadero heroísmo ante lo inevitable que, al final, tuvo el mal gusto
de llegar demasiado tarde, cuando ya ni tú ni yo lo esperábamos. Pero llegó, y
junto con la tristeza por las cosas irremediablemente rotas, se hizo presente
el alivio de haber arribado finalmente a un puerto. Debo confesarte que en los
últimos tiempos he recuperado la mayor parte la alegría perdida, pero aún
extraño las noches en las que engañábamos al aburrimiento, apostados hombro con
hombro, viendo cualquier cosa en televisión. Esa televisión que, aunque yo
pagué puntualmente a plazos, terminó quedándose en la sala de estar de tu casa,
dejándome completamente abandonado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario