Me quedé dormido
viendo la televisión. Una lata de cerveza yace a medio tomar, manchando la
alfombra, pero me doy cuenta perfectamente de que no es por ella que me duele
la cabeza. El ambiente se siente enrarecido, como si un gas tenue pero
mortífero inundara la habitación. Tardo un rato en entender cual es el
verdadero problema.
Normalmente, cuando vemos la tele,
todas las idioteces que emite son absorbidas por nuestras ávidas pupilas. El
efecto es sin duda nocivo a la larga, pero estamos acostumbrados. En cambio,
cuando la tele permanece encendida sin que nadie la vea, la estupidez no tiene
a donde ir y se difunde en el ambiente, contaminándolo. Apenas apago el televisor y abro la ventana,
comienzo a sentirme mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario