Estoy
sentado en el área de comida rápida de un centro comercial, mordisqueando con
desgana una orden de papas fritas. No espero por nadie y nadie espera por mí,
en realidad, no espero por nada.
Llevo varios días
pensando en el mundo que me tocó vivir. Mentiría si dijera que es idílico, pero
por lo menos puedo taponear de grasa mis arterias sin necesidad de cazar un
bisonte. Y lo que es más, puedo darme el lujo de no creer en nada, aunque a
cambio de eso nada crea en mí.
No
es sin duda el mejor de los mundos posibles, pero habrá que sacarle algún
provecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario